Proyectos y discusiones literarias Wilfred Owen Cristian Gonzalez Poesía
lunes, 31 de octubre de 2011
Sólo
infinitas caras,
infinitas balas,
infinitos semones,
infintas tumbas
infinitas ruinas
y los días siguen,
y las noches, oscuras
como siempre
martes, 25 de octubre de 2011
Definición (im) precisa
Así son generalmente los laberintos. Se construyen a partir de sentimientos incorrectos (incorrectos para mí). Están cimentados sobre la moral inculcada en los años de la catequesis y por la tía del jardín. Los llantos de la mamá hacen lo suyo también. Los amigos infancia y esa hermandad de pobreza que la clase media experimenta agazapada, pero que los niños comparten sin tabúes, forman paredes gruesas que son fortificadas por la pichanga con los de cuarto medio, las caminatas largas y los abrazos que nos dimos cuando el Kike decidió irse por mano propia. Entonces entramos a la ruta construida con la certeza de haber hecho un camino recto y seguro. Caminos sin miedos o vacilaciones.
Hasta que un día decidimos orillarnos un poco, un ratito no más. Nos tomamos un descanso el viernes. Un vaso, otro luego. Vamos a bailar. Más amigos y más vasos. Un amigo se va, su novia se queda. Y tú recuerdas esos años en el jardín y la primera mujer que amaste (en realidad esa pequeña niña cuando tú también eras un pequeño niño), y las innumerables mujeres. Y te das cuentas que los años no pasan en vano. Y el barrio vuelve. Más vasos. Te da pena. Lloras para adentro, porque al Octavio le dirá a todos si te rajas, pero lloras igual.
Entonces ella te agarra del abrazo, bailas. Le besas la mejilla. Recuerdas a los cimientos y tratas de irte, te vas a mear a la calle y piensas en tomar un taxi. Entonces decides que tú camino tiene todos sus límites bien definidos, y que, a pesar del cansancio, un conductor jamás tendrá un accidente en él. Entras al garito otra vez. A despedirte según tú, pero otro vaso arremete, luego una casa aparece, más canto y baile. Más vasos.
Ya no piensas, sólo ríes, solo bailas. Todos te abrazan y tú abrazas a todos. Otra vez te miras al espejo en el baño, miras la hora y te dices que es hora de irte, pero no te escuchas, porque lo único que oyes es la música y las risas. Entonces utilizas tú último recurso, sales y le cuentas a la mina tu teoría del camino fortificado, de sus bases, sus murallas de contención y los materiales de construcción. Claramente hubo más vasos en el camino. Ella te mira ilusionada o pretendiendo que así parezca. Te dice que tu amigo no es nada como tú. Otros vasos vienen. Te toma la mano y algo te dice que debes irte, pero te quedas. No porque quieras, sino porque eres imbécil, como lo han sido otros.
Y ahí es cuando comienzas a ver claramente. Que no hay camino que valga, que los viajes no los inicias, sino que ellos iniciaron antes que tú, que las rutas estaban ahí y tú no hiciste nada más que pararte en medio de ellos. Miraste dentro de otro túnel dijo el finado aquel. Que si construiste algo fue precisamente un laberinto, lleno de aspiraciones infantiles, sueños, de versículos memorizados, ilusiones de primer amor, de camas compartidas, de botellas vacías y una película que se repite indefinidamente, la llamada que nunca llegó en tu teléfono y una mujer que no regresó.
Pero el laberinto aún no está concluido, todavía queda la construcción de la promesa de salida, de la huída. Que existe en tanto que la renuncia a salir exista. De esa se encarga uno mismo por medio de la traición final.
Imprudentemente crees que todo lo que has hecho antes no tiene ningún peso. Cuando crees que ya nada importa, que las palabras de la mamá, de la tía, de la iglesia, de la escuela, de los amigos y que el camino en sí no tiene ninguna importancia. Y renuncias a todo por el momento. Ahí es cuando te pierdes. Cuando la salida se vuelve dura, el camino confuso y el laberinto se define perfectamente.