“Sin embargo, ellos no dirán: los
tiempos fueron oscuros
Sino: ¿por qué los poetas guardaron
silencio?”
Bertol Brecht
I Una
historia violenta
El
siglo XX ha dejado, estima Eric Hobsbawm, 187 millones de cadáveres producto de
las sucesivas guerras o conflictos armados alrededor del mundo. Una
sobrecogedora cifra, considerando que la balanza ha tendido en las últimas
décadas hacia la población civil. Emblemático es el bombardeo a Guernica que
fue deliberadamente efectuado sobre disidentes no armados o el mismísimo
holocausto que tuvo la no pequeña aspiración de intentar erradicar completamente
una raza.
Durante
estos episodios, la inmensidad de la maquinaria bélica y la violencia que los
países ejercieron sobre sus ciudadanos superó la capacidad racional y emocional
de comprensión. Incluso, en su ausencia, su amenaza amedrentó países enteros. Una
guerra, la fría, estalló por el terror a ideologías contradictorias. El mundo
(al menos el occidental) se dividió en dos. Se temía al gran hermano[i],
a la guerra atómica e incluso a las comitivas deportivas[ii].
Pol Pot, en su locura, intentó crear una sociedad de campesinos libre de trabas
occidentales y capitalistas reduciendo la población de Cambodia en un 25%.
Generales en Latinoamérica, amilanados por la hoz, tomaron el control de
naciones tras duros golpes de estados y todavía más agresivas dictaduras. Hasta
que un día el muro cayó y Francis Fukuyama proclamó el fin de la historia (aunque
luego vino el Golfo Pérsico).
La
década que recién acaba tampoco deja un panorama muy alentador. Otro once de
septiembre invadió los televisores alrededor del mundo, permitiendo que el
presidente de los Estados Unidos proclamara una cruzada contra oriente. A pesar de que la gente salió a las calles y
tomó las grandes avenidas con pancartas y tambores mostrando su negativa, los
gobiernos no supieron escuchar. Las consecuencias fueron una guerra que todavía
no termina en Afganistán, siete años en Irak y un atentado al metro de Londres.
Se les suma la Franja de Gaza, donde la operación Plomo Fundido causó la muerte
de no menos de 300 niños, y la invasión a Siria tras la masacre de Al Ahula.
II La
literatura heroica
Durante
estos largos y exaltados tiempos, los seres humanos han indagado en busca de
formas para comunicar estas experiencias, ya como testigos presenciales, vivenciales
o a la distancia, incapaces de alterar el curso de una historia esquiva y
constreñida. Incluso, en las más apremiantes circunstancias de silencios
impuestos, la palabra ha tentado vías, desafiando discursos, clases y
tradiciones.
De
la poesía, la épica es el género al cual la guerra ha pertenecido, es el
material aristotélico para celebrar las proezas de quienes, como dice Bowra,
“son movidos por un importante elemento en el alma humana, un principio propio
de asertividad, para distinguirse igualmente de apetitos como de razones y
realizarse en osadas acciones”[iii].
Pero estas acciones memorables pertenecen a otros tiempos, en las cuales el
hombre era más fuerte que su entorno[iv],
pudiendo asestar golpes mortales a bestias marinas o defender su patria contra invasores.
Estos cantos épicos y romances son esenciales en la literatura nacional y
fundacional.
En
cambio, el hombre de la guerra moderna no es más fuerte que la naturaleza ni
articula su comportamiento según virtudes cardinales. Su inmolación está
impulsada por los motores patrióticos del nacionalismo, la insistencia familiar,
la comunidad o por un enrolamiento compulsorio. Todos ellos generados a partir
de propagandas, fanatismos y falacias llenas de lugares comunes que asaltan
toda forma discursiva[v].
Los estados, en nombre de la defensa de la seguridad y la democracia, suprimen
todas las libertades e imponen un discurso oficial, vertical y autoritario,
oficializando cierta literatura con un tono particular.
El
arte discursivo dulce et decorum est pro
patria mori[vi] invade
cada rincón de la palabra de la nación en guerra. Crea una imagen de país
resistente, que endurece, pero que tras las pérdidas reales se contrae. La
identidad nacional cae frente a una verdad visceral. Rudyard Kipling, autor del Libro
de las tierras vírgenes, escribiría a la muerte de su hijo:
“Si
alguien pregunta porque morimos,
Diles,
porque nuestros padres mintieron.”
Allí,
en la llamada guerra total, es donde la poesía cambia, evoluciona y responde a
sus antecesores. La posición del hombre ante al arte, la poesía moderna[vii]
y la épica es puesta en duda frente a las necesidades de los últimos tiempos.
Debe ser un testimonio del presente, no del pasado remoto ni de la ficción de
un país.
III Para una definición de poesía
de guerra
La
poesía de guerra se volvió materia de interés durante y tras la guerra de Vietnam.
Quizás porque fue una de las guerras que con mayor fuerza se implantó dentro del
discurso americano. No obstante, la figura que definiría su canon vendría de un
poeta inglés caído en Francia durante la Primera Guerra Mundial.
Wilfred
Owen es la piedra de tope de este género, porque encarna los avatares de la
guerra y su trauma: la voluntad de enlistarse, el iniciático entusiasmo y la
defensa de los valores patrios (incluyendo su literatura); la impresión de las
trincheras, el panorama putrefacto y sus ratas; los compañeros fulminados o
ahogados con el gas mostaza. Wilfred Owen muere a los 25 años a solo siete días
antes del término de la guerra. Su experiencia quedó fragmentada en unos pocos
textos y una suerte de prefacio al cual la crítica acude continuamente como
punto clave en la definición de la poesía de guerra:
“Este
libro no es acerca de héroes. La poesía inglesa no está
Preparada
para hablar de ellos.
No
es de proezas, ni tierras, ni nada sobre
gloria,
honor, fuerza, majestad, dominio, o poder,
excepto
la Guerra.
Por
sobre todo no me concierne la Poesía.
Mi
tema es la Guerra, y la Piedad de la Guerra.
La
Poesía está en la piedad.”
Todo
elemento decorativo e imaginativo es negado dentro del lenguaje de Owen,
también lo son aquellos relativos a la promoción de la guerra. Lo único que
interesa al autor es el tema de la guerra y su piedad. El rol del hablante debe
ser fidedigno. Dentro de la codificación lírica y su subjetividad, Owen exige a
los poetas registrar los acontecimientos, convirtiendo su poesía en literatura
testimonial. Owen Knowles, uno de sus críticos, señala que el hablante lírico de la poesía de
Owen cumple tres funciones esenciales:
“[primero] el hablante-combatiente es
identificado con un “nosotros”, pero emerge como el historiador de una vivencia
compartida; segundo, el hablante cuya identidad es definida por funciones
ceremoniales que éste realiza como quien cantase elegías o un creara himnos; y,
finalmente, el vocero que media o protesta, quien, simpatizando con las
actitudes civiles y sus percepciones, actúa como un embajador por sus hermanos
sin voz”[viii]
Si
bien estas funciones han sido descritas para la poesía de Owen, es válido
aplicarlos en cierta medida a todos quienes registran sus experiencias por medio
del verso. Siendo bardo y cronista, el poeta de guerra puede cantar las
acciones y sufrimientos de la guerra sin glorificarla.
Otra
definición para estas composiciones proviene de la mano de Jon Stallworthy, catedrático
de la Universidad de Oxford, experto en poesía de guerra y biógrafo de Owen. Éste
identifica tres características esenciales: “primero que todo, debe
persuadirnos de que es real; segundo, que esta verdad impacta, y; tercero, que
debemos hacer algo sobre ella” [ix].
Esta definición abre sin duda aquella concepción de poesía de guerra clásica,
acabada, terminada y referencial, por una nueva que apuesta al presente y que
exige la participación activa del lector, siendo sumamente apelativa y actual. Muchos de los poemas, como “Felicidad” de
Owen, poseen preguntas y tensionan respuestas para activar su relación con el
receptor:
“¿Otra vez
respirar pura felicidad,
La
felicidad que nuestra madre nos dio, muchachos?
¿Para
sonreír por nada, no necesitando caricias?
¿No
hemos reído demasiado a menudo desde entonces con alegrías?
¿No
hemos cometido también tristes y enfermizos errores
Para
que las manos sean perdonadas? El sol puede limpiar,
Y
el tiempo, y la luz de las estrellas. La vida cantará dulces canciones,
Y
los dioses nos mostrarán placeres mayores que los de los hombres.
Pero la vieja Felicidad no regresa.”
IV Los
temas, tonos y otros ejemplos
Los
temas que este género puede abarcar son variados y generalmente entran en
contacto con otros tantos tópicos de la literatura. Desde los dos horizontes de protesta y promoción
de la guerra, la experiencia de la partida y el abandono del hogar (que es sin
duda un nuevo cruce del umbral) hasta la incapacidad del retorno por las
heridas físicas y psíquicas.
Además
distintos tonos se combinan, pasando por la nostalgia del hogar, el odio contra
los padres que han enviado a sus hijos a ser masacrados, hasta la risa irónica
de la poca fortuna. Estos últimos comparten un profundo lazo con la jerga
militar de los soldados rasos, quienes crean juegos de palabras para ocultar el
horror de la guerra.
El
poeta irlandés Paul Durcan, por ejemplo, escribe sobre la familiaridad de los enemigos en el campo de batalla en su poema
“Irlanda 1972”. Las falsas vecindades construidas por naciones y razones
económicas desaparecen cuando lo que se visita es el mausoleo familiar, dejando
una verdad cruel:
“Junto a la fresca lápida de mi amada
abuela
La tumba de mi primer amor asesinada por
mi hermano”
Este
tipo de versos es ampliamente versátil, primero porque no está escrito para un
público que persigue una experiencia estética, sino un contacto con una
vivencia personal y grupal. Es así como un increíble número de publicaciones
apareció, por ejemplo, durante la guerra civil española de la mano de
campesinos y obreros recién alfabetizados. Aparecían también algunas mujeres quienes
buscaron salvar en algunas palabras la memoria de sus hijos:
“¡Descansa en paz, hijo mío!
Que los hombres no se acaban, sobran
para defenderla.
Nos sobran hombres y armas,
Y si ellos se agotasen
Tu MADRE empuñará el arma,
Y dará antes su vida”
De
esta manera el verso de la poesía de guerra, aunque es inicialmente inaugurado
y creado por soldados, es también utilizado por civiles que ven su vida afecta
por ataques, bombardeos y asesinatos crueles. En 1992, Bosnia -que venía ya con
una herida de siglos- declaró finalmente su independencia. Sin embargo, Serbia
arrojó un ataque voraz para erradicar a los musulmanes de Bosnia, dando inicio
a un nuevo holocausto. Durante tres años Sarajevo fue bombardeada cada día
hasta que en 1995 proyectiles acabaron con la locación de la armada de Serbia.
De paso, la destrucción alcanzó al mercado local y 85 personas. El poeta Goran Simic plasma así sus memorias:
El viento de Sarajevo
lee un periódico
adherido con sangre a la calle;
Yo paso con un trozo de pan bajo el
brazo.
El río arrastra el cuerpo de una mujer.
mientras cruzo el puente
con mis tambores de agua,
noto su reloj, todavía en su lugar.
Alguien arroja el zapato de un niño
en una hoguera. Fotografías familiares
esparcidas
desde la parte trasera de un camión de
basura;
Llevan leyendas
amor desde… amor desde… amor…
No hay manera de explicar estas cosas,
No las hay. Cada noche despierto
Me detengo junto a la ventana para mirar
a mi vecino
Quien se detiene junto a la ventana para
mirar la oscuridad.
V Cierre
Hasta
aquí esta breve introducción a la poesía de guerra. Hay por supuesto muchas
preguntas sugeridas y temas. Tales como su lugar en la historia literaria; su
inserción en planes y programas cada vez más estrechos y ambiguos; o si,
efectivamente, la academia chilena debe preocuparse de ella.
Por
supuesto, esta presentación no ha pretendido establecer las rutas a seguir para
su investigación, sino más bien instarla, promocionarla y mostrar su vigencia.
Bibliografía
Aristóteles. Poética. Caracas: Monte Ávila, 1991.
Friedrich, Hugo. La estructura de la lírica moderna.
Barcelona: Seix Barral, 1974.
Frye, Northop. Anatomy of Criticism: Four Essays. Princeton
University Press, 1970
Hobsbawm, Eric. Guerra y Paz en el Siglo XXI. Barcelona: Crítica, 2007
Martin, Christopher. War poems.
London. 2004
Stallworthy, Jon. War and Poetry. Gran Bretaña: Cyder Press, 2005.
Owen, Wilfred. The Poems of Wilfred Owen. Ed. Owen Knowles.London: Wordsworth,
2002.
[i] La ficccionalización de los gobiernos totalitarios
en las novelas de George Orwell: La
granja de los animales y 1984. O
incluso en la actual trilogía de Suzanne Collins, Los juegos del hambre.
[ii] El atentado al vuelo
CU-455 de Cubana de Aviación con destino a La Habana en 1976, que costó la vida a 73 personas, entre los cuales se
encontraban la delegación y equipo cubano de esgrima que regresaba tras la
obtención de la medalla de oro del Campeonato Centroamericano y del Caribe.
[iii] Traducciones de poemas y textos realizadas por
el autor.
[iv]
Sigo aquí la clasificación de
los modos realizada por Frye en su ensayo “Teoría de los modos”, según el cual
la literatura debe organizarse según el poder de acción del héroe. El que
interesa aquí es el segundo modo donde:
“Si es
superior en clase a otros hombres y a su ambiente, el héroe es el tipo héroe
del romance, cuyas acciones son maravillosas pero quien se identifica a sí
mismo como otro ser humano. El héroe del romance se mueve en un mundo en el
cual las leyes ordinarias de la naturaleza pueden ser temporalmente abolidas:
prodigios de coraje y fortaleza, ajenas a nosotros, son naturales a él, además
armas encantadas, animales parlantes, terríficos ogros y brujas, y talismanes
de poderes milagrosos no violan ninguna regla de probabilidad una vez los postulados
del romance han sido establecidos. Aquí nos hemos movido del mito, propiamente
tal, a leyendas, cuentos populares, märchen,
y sus afiliados y derivados literarios”(1971,pp 33).
[v] Al respecto, Catherine Savage escribe un
importante artículo “The Fuctions of War literature” en South Central Review. Vol.9 nº1, 1992
[vi] Verso latino de las odas
de Horacio que puede leerse en español como “dulce y decoroso morir por la
patria es”. Convertido en un tópico
literario y referido constantemente, fue usado además por variadas generaciones
para la promoción de la instrucción militar, la disciplina, memoriales para
soldados caídos y ánimos belicistas. Sin embargo, también ha sido víctima de la
ironía. Arthur Hugh Clough escribiría en el siglo XVIII: “Dulce puede ser y
decoroso, quizás, por el país morir; pero, al final, los romanos no lo harían,
y yo no lo haré”.
[vii] No ha sido discutida
aquí la cuestión de la poesía moderna. No obstante, debe considerarse que el
modelo poético imperante de la época no proponía una mirada sobre la situación
y tensión internacional entre las potencias coloniales de la época. Muy por el
contrario, pretendía la búsqueda de un lenguaje propio y un universo ajeno al
conocido, desestimando incluso la persona autoral como respuesta al romanticismo
que, en cierta medida, abusó desgastó el género.
[viii] Knowles, Owen. “Introduction” en The poem of Wilfred Owen. Wordwoth,
Inglaterra. 2005. pp 10.
[ix]
Stallworthy, Jon. War Poetry. Inglaterra, Cyder Press, 2005.