Él soñaba, no obstante, con ser advertido o convertirse en el tópico de alguna conversación en el tocador de damas. En sus largos silencios, olvidado entre enormes pilas de papeles, imaginaba que alguien se preguntaría por sus secretos o su pasado insospechado, por sus innarrables aventuras. Tal vez, se decía a sí, una de las muchachas del área de proyectos no podría conciliar sus noches pensando en él.
Alimentaba su espíritu con simples hazañas, como mantener la puerta abierta tras él para que, quien viniese a sus espaldas, caminase a través de ella, recibiendo como recompensa un cálido “gracias”.
Un día no llegó más a su trabajo. Ni siquiera quien le daba mandados notó su ausencia. Sólo después de algunos meses, cuando estos se aglomeraron en un escritorio, el gerente de la división sugirió la creación del puesto de asistente dependiente para dicha tarea.
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