Chile es un país plural, pero no
pluralista. Esto porque existen, al menos, dos Chiles. Uno conformado por la
mayoría, perteneciente a la clase media baja (bien baja). A ella se le han
impuesto una serie de pagos y deberes con cuales debe cumplir en orden de
superar la amenaza constante de una pobreza que siempre amedrenta y castiga
severamente su hogar. Se le ha prometido que en un momento dado sus necesidades
serán satisfechas, pero aquello no es más que una burda burla, similar al burro
que persigue una zanahoria que el mismo pone en movimiento. Se les explota
constantemente y se le hace creer que su trabajo está muy por debajo de los
estándares, por lo que su salario se ve generalmente mermado. Este Chile camina siempre con la cabeza baja.
El otro Chile, compuesto por un
número mucho menor de personas, pertenece a la clase alta (alta). Este controla
al animal y su entorno. Tiene poder absoluto sobre la distribución de los
alimentos, la tierra y el mar (y sus peces). Ha restringido el acceso a la
literatura subversiva, imponiendo impuestos e inflando los insumos básicos, de
manera tal que el primer Chile tiene que elegir entre educarse o leer. Incluso
cuando pudiera optar por ambos, el segundo Chile ha establecido un cerco
comunicacional que amordaza los ojos y oídos del primero, para que escuche o
vea sólo la zanahoria en frente.
Como el segundo Chile necesita validarse y ganar el favor de sus vecinos, ofrece a ellos la administración del país, vendiendo las tierras donde el primer Chile vive. El dinero que se obtiene no se reparte entre los reales propietarios, sino que se utiliza para crear más y más fondos que nadie realmente ve. Se dice que es para el futuro, uno en que lo necesitemos. Sin embargo, hoy hay muchos chilenos que lo necesitan.
El segundo Chile cree que todo lo que hace lo hace por el bien de todos, por eso casi nunca escucha al primer Chile.

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