domingo, 4 de noviembre de 2012

Otro obituario para un poeta caído en el frente: Wilfred Owen (18 de marzo de 1893 - 04 de noviembre de 1918)


Por Cristian Alexis González

“él es un poeta de todos los tiempos, de todas las guerras”
Dylan Thomas 


Joven y prometeico, Wilfred Owen muere a los 25 años mientras cruzaba el canal de Sambre-Oise en Francia el cuatro de noviembre de 1918. Una bala atravesaba su cráneo siete días antes de que se firmase el armisticio que daría término a la Primera Guerra Mundial. Conflicto que costó la vida de no menos de quince millones de otros jóvenes que, tal cual Owen, creyeron en la vieja mentira de Horacio: dulce et decorum est pro patria mori. No obstante, los avatares de su biografía muestran una vida en crisis, de constante negación de preceptos y verdades aceptadas, desarraigándolas de su ser e increpando a quienes las vociferaron. 

Hijo de un hombre dedicado al servicio de ferrocarriles (como el padre del famoso poeta de este hemisferio) y de una aprensiva madre que instruyó su estirpe en la fe del imperio inglés, Owen estuvo siempre vinculado a los patrimonios culturales de su país. Aprendió el aristocrático arte de tocar el piano y el arpa, asistió religiosamente a los servicios y leyó con rigor a los clásicos locales. Nutrió de ellos sus primeros versos que contenían una inocente cristiandad, pero también giros y motivos románticos que absorbió de sus autores favoritos: John Keats y Oscar Wilde. 

Este místico contexto lo condujo, en 1911, al pequeño poblado de Dunsden para convertirse en asistente del vicario. No obstante, las extenuantes jornadas de estudio bíblico terminarían por hastiar al joven Owen, quien no divisaba concordancia alguna entre las sagradas escrituras, las prácticas del clero y las necesidades de los feligreses. 

Tras un colapso nervioso, regresa al hogar tan sólo para iniciar otro viaje todavía más distante, pues (a pesar de las aprensiones de su protectora madre) logra conseguir un cargo como profesor de inglés en una escuela de Burdeos. Una vez en Francia, Owen escapa a todo aquello que en su infancia fue vedado, comenzando por obviar las visitas al templo. Prefirió, en cambio, disfrutar de una cajetilla de cigarrillos (particularmente de aquellos exportados de Egipto), sentarse a leer una revista en un café, salir a beber con más terrenales cómplices y admirarse con el arte de teatros, salones y galerías. Conocería a Laurent Taihade, un vate de la decadencia francesa, de quien aprendería sobre Mallarme y otros autores del romanticismo tardío, pero también sobre amor entre hombres (por lo menos así lo declaran sus biógrafos, quienes sostienen que estos dos poetas mantuvieron una relación homosexual). 

}Aquel bohemio periodo de su vida terminaría el otoño de 1915 cuando regresa a casa llamado por el deber. Para entonces Owen ya había roto lazos con sus raíces cristianas y las reticencias sexuales de su sagrado hogar, pero la tradición literaria y el capital cultural todavía le conquistaban al estallar la guerra. Atrevidamente creyó que lo correcto sería perseguir la famosa proposición nacionalista de luchar Por Dios, el Rey y el País, enlistándose como voluntario en el regimiento Artist’s rifles. 

Arribó al frente el 4 de Junio de 1916, destinado directamente al Somme. En ese desolador páramo Owen comprende lo deshumanizante y poco glorioso de la guerra: atrapado, sepultado vivo, hacinado en parapetos y contemplando los cadáveres de soldados apilados en fosas comunes (ya asfixiados con gas mostaza o destrozados por explosiones). Pero también sobre la vergüenza de tener que levantar armas contra otros incautos que creyeron en sus naciones, líderes y costumbres. Esta inmensa complejidad lo arrastra a un colapso nervioso (Shell-shock), siendo a regañadientes destinado a Craiglockhart, un centro psiquiátrico en Edimburgo, para su rehabilitación. 

Allí conoce a otro soldado y poeta, Siegfried Sassoon, quien se convirtió en su último y maestro definitivo. De éste aprendió un lenguaje mucho más directo y riguroso, capaz de expresar la ferocidad destructiva de la batalla, la ignorante indiferencia civil y la capacidad de lanzar una decidida crítica contra las falacias emitidas por las autoridades que promocionaron la guerra. Fue un periodo fructífero para Owen, de auténtica renuncia a fundacionales valores y de reconciliación con sus propias memorias de guerra. En 1918, vencida ya la vigencia de su recuperación, las autoridades deciden que es tiempo de retornarlo al frente. Owen abandona Craiglockhart, y con ello a Sasson y a otros tantos artistas que compartieron con él un año de crecimiento y despertar poético. Lamentablemente, su suerte ya estaba echada.

 Tres años después de terminado el conflicto, sus amigos publicarían un breve libro con sus poemas de guerra introducidos por el mismo Sassoon, pero sus versos no alcanzaron gran difusión. Una parte importante de esa primera edición permaneció almacenada por años, relegada por una sociedad que deseaba olvidar y poetas que prefirieron callar. 

Sin embargo, cuarenta años más tarde esos aciagos versos fueron recatados por músicos y pacifistas. La poesía de Owen resurge con un inusitado resplandor durante la reconstrucción de la catedral de Coventry (bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial) gracias al réquiem de guerra de Benjamín Britten. Muchos también vieron en sus escritos la clara advertencia de las catástrofes de una intervención en Vietnam, republicándose y difundiéndose masivamente en Norteamérica. Owen se convirtió en motivo de cátedras en Oxford y Harvard, así como la poesía de guerra tornó en tema obligatorio y recurrente de antologías poéticas. Estudios, biografías y ensayos se publicaron sobre su vida y obra. Owen volviéndose un fenómeno de la lírica inglesa y su crítica.

Hoy en día sus poemas dominan el canon de la poesía de guerra, además de enseñarse en toda Europa como un testimonio del ambiente y de los horrores de la guerra. Su trabajo, sin duda, será clave en dos años más cuando se conmemoren los cien años del conflicto que lo vio caer. Mientras tanto, las guerras siguen estallando aquí allá, amenazando actualmente a los habitantes de Siria. Esperamos que sus afligidos versos sean esta vez escuchados. 

Himno para la juventud condenada
¿Qué campanadas son estás para los que mueren como ganado?
Solamente la cólera monstruosa de las armas.
Solamente el tartamudeo rápido ruidoso de los rifles;
Puede repetir sus oraciones precipitadas.
Ninguna mofa para ellos de oraciones ni campanas;
Ni ninguna voz del luto excepto la del coro –
El agudo, demente gemido del coro de bombas;
Y clarines pidiendo por ellos desde tristes comarcas.

¿Qué candelabros pueden ser llevados para despedirles a todos?
No en las manos de los muchachos, sino en sus ojos
Brillará el sacro destello del adiós.
La palidez de las frentes de las chicas serán sus mortajas;
Sus flores la ternura de sus mentes mudas,
Y cada lento anochecer una persiana cerrándose.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Actualidad

La justicia, ciega, se dejó convencer por la libertad, siempre tan manoseada, de ir a trabajar en un topless en pleno centro de Santiago. Allí, sin tapujos, el que puede pagar, les da una buena tocada y otros tanto, con mucho más en los bolsillos, se las llevan al segundo piso.

sábado, 21 de abril de 2012

Descarte



La democracia en Chile lleva aretes de plata
y duerme en hoteles cinco estrellas
La democracia nos ha abandonado
Dejó sus hijos en el Mapocho,
en el Zanjón de la Aguada
para que crecieran solos
o se ahogaran 
la democracia en Chile usa tacos
que al pasar caminan sobre el pecho abierto
de mineros, campesinos y temporeras
llenando con su sangre las botellas que viajan
a París, Londres y New York
Salud, salud, salud

Oh, Nueva ilustración, salva al pobre pueblo,
pero sin el pueblo.
beneficia nuestra pobre ignorancia
y danos un pan para morder
para poder trabajar
horas sin fin y días sin descanso.
y soñar, seguir soñando, que la luz de tu ilustración
que un día nos tocará

martes, 15 de noviembre de 2011

Nadie

Desapercibido deambula por el edificio. Nadie lo notaba (ni siquiera recibía el mecánico saludo de esa rubia y curvilínea recepcionista que sonreía automáticamente a todos). Su diario quehacer dependía de las directivas del departamento de finanzas, pero como se desempeñaba en tareas menores, no exigía ser recordado por nadie y nadie lo recordaba.

Él soñaba, no obstante, con ser advertido o convertirse en el tópico de alguna conversación en el tocador de damas. En sus largos silencios, olvidado entre enormes pilas de papeles, imaginaba que alguien se preguntaría por sus secretos o su pasado insospechado, por sus innarrables aventuras. Tal vez, se decía a sí, una de las muchachas del área de proyectos no podría conciliar sus noches pensando en él.

Alimentaba su espíritu con simples hazañas, como mantener la puerta abierta tras él para que, quien viniese a sus espaldas, caminase a través de ella, recibiendo como recompensa un cálido “gracias”.

Un día no llegó más a su trabajo. Ni siquiera quien le daba mandados notó su ausencia. Sólo después de algunos meses, cuando estos se aglomeraron en un escritorio, el gerente de la división sugirió la creación del puesto de asistente dependiente para dicha tarea.

lunes, 31 de octubre de 2011

Sólo

infinitas muertes,
infinitas caras,
infinitas balas,
infinitos semones,

infintas tumbas
infinitas ruinas

y los días siguen,
y las noches, oscuras
como siempre

martes, 25 de octubre de 2011

Definición (im) precisa

Así son generalmente los laberintos. Se construyen a partir de sentimientos incorrectos (incorrectos para mí). Están cimentados sobre la moral inculcada en los años de la catequesis y por la tía del jardín. Los llantos de la mamá hacen lo suyo también. Los amigos infancia y esa hermandad de pobreza que la clase media experimenta agazapada, pero que los niños comparten sin tabúes, forman paredes gruesas que son fortificadas por la pichanga con los de cuarto medio, las caminatas largas y los abrazos que nos dimos cuando el Kike decidió irse por mano propia. Entonces entramos a la ruta construida con la certeza de haber hecho un camino recto y seguro. Caminos sin miedos o vacilaciones.

Hasta que un día decidimos orillarnos un poco, un ratito no más. Nos tomamos un descanso el viernes. Un vaso, otro luego. Vamos a bailar. Más amigos y más vasos. Un amigo se va, su novia se queda. Y tú recuerdas esos años en el jardín y la primera mujer que amaste (en realidad esa pequeña niña cuando tú también eras un pequeño niño), y las innumerables mujeres. Y te das cuentas que los años no pasan en vano. Y el barrio vuelve. Más vasos. Te da pena. Lloras para adentro, porque al Octavio le dirá a todos si te rajas, pero lloras igual.

Entonces ella te agarra del abrazo, bailas. Le besas la mejilla. Recuerdas a los cimientos y tratas de irte, te vas a mear a la calle y piensas en tomar un taxi. Entonces decides que tú camino tiene todos sus límites bien definidos, y que, a pesar del cansancio, un conductor jamás tendrá un accidente en él. Entras al garito otra vez. A despedirte según tú, pero otro vaso arremete, luego una casa aparece, más canto y baile. Más vasos.

Ya no piensas, sólo ríes, solo bailas. Todos te abrazan y tú abrazas a todos. Otra vez te miras al espejo en el baño, miras la hora y te dices que es hora de irte, pero no te escuchas, porque lo único que oyes es la música y las risas. Entonces utilizas tú último recurso, sales y le cuentas a la mina tu teoría del camino fortificado, de sus bases, sus murallas de contención y los materiales de construcción. Claramente hubo más vasos en el camino. Ella te mira ilusionada o pretendiendo que así parezca. Te dice que tu amigo no es nada como tú. Otros vasos vienen. Te toma la mano y algo te dice que debes irte, pero te quedas. No porque quieras, sino porque eres imbécil, como lo han sido otros.

Y ahí es cuando comienzas a ver claramente. Que no hay camino que valga, que los viajes no los inicias, sino que ellos iniciaron antes que tú, que las rutas estaban ahí y tú no hiciste nada más que pararte en medio de ellos. Miraste dentro de otro túnel dijo el finado aquel. Que si construiste algo fue precisamente un laberinto, lleno de aspiraciones infantiles, sueños, de versículos memorizados, ilusiones de primer amor, de camas compartidas, de botellas vacías y una película que se repite indefinidamente, la llamada que nunca llegó en tu teléfono y una mujer que no regresó.

Pero el laberinto aún no está concluido, todavía queda la construcción de la promesa de salida, de la huída. Que existe en tanto que la renuncia a salir exista. De esa se encarga uno mismo por medio de la traición final.

Imprudentemente crees que todo lo que has hecho antes no tiene ningún peso. Cuando crees que ya nada importa, que las palabras de la mamá, de la tía, de la iglesia, de la escuela, de los amigos y que el camino en sí no tiene ninguna importancia. Y renuncias a todo por el momento. Ahí es cuando te pierdes. Cuando la salida se vuelve dura, el camino confuso y el laberinto se define perfectamente.

martes, 4 de octubre de 2011

El VIAJE

Mi estimado amigo José Antonio Larraín y su compañero de armas Daniel Mardones Díaz, partirán pronto en una nueva aventura por tierras inhóspitas y desconocidas, cruzarán el oceano en un enorme pájaro de metal y lucharán con gigantes que hablan extraños dialectos. Quizás en su viaje encuentren al viejo Alexis Gonzalez, que se perdió hace ya mucho tiempo y se cree muerto. Espero que pronto regresen a Ítaca y traigan relatos de sus aventuras