“Si alguien pregunta porque
morimos, diles,
porque nuestros padres mintieron.”
Rudyard Kipling
Hace casi cien años, el 28 de Julio de
1914, daba inicio un conflicto conocido como la gran guerra. Un cruce de armas
que venía preparándose por décadas desde la unificación de Alemania y la
división de los poderes europeos en dos bandos. Tal vez por siglos, si
consideramos que aquello es una consecuencia de la carrera colonial de la cual
Inglaterra y Francia tomaron participación activa, llegando el primero a ser
uno de los imperios más grandes y poderosos de la historia de la humanidad. O incluso
más de medio milenio, si incluimos el punto de vista de subalterno de Bosnia,
que luchaba, desde 1389, por una independencia perdida frente al imperio
Otomano.
Mientras las grandes potencias
ansiaban los dominios coloniales de las otras utilizando como mecanismo una
escala militar irrisoria, los países ocupados buscaron por medio de focos
rebeldes redimir su identidad histórica y cultural.
Adición
La visita en Sarajevo del archiduque
Franz Ferdinand, el 28 de Junio de 1914, no fue otra cosa que una bofetada en
el rostro para los serbios. Aquel mismo día, la nación eslava conmemoraba su derrota
frente a los Otomanos bajo la afligida festividad de San Vitus, de modo que la
amenaza de una nueva anexión con Austro-Hungría (de la cual Franz Ferdinand
sería amo y señor) representaba la continuidad de un largo y cabizbajo periodo
de obediencia y sumisión.
El consiguiente atentado a manos del
estudiante Gavrilo Princip contra el archiduque tenía un complejo motor cuyas
piezas comenzaron a girar con siglos de anticipación. Suma de un castigo
histórico que necesitaba una vía de escape, una redención y un héroe. Una vez
consumado el asesinato, Princip declaró:
“No hay necesidad de llevarme a otra
prisión. Mi vida ya se disipa. Sugiero que me claven a una cruz y me quemen
vivo. Mi flameante cuerpo será la antorcha que ilumine a mi gente en el camino
a la libertad”.
A esta declaración le
siguieron otras, como la declaración de guerra de Alemania a Rusia y Francia,
Inglaterra a Alemania y Austria, y la de Serbia a Austria-Hungría. Se sumarían
además otros países a un fenómeno matemático jamás antes experimentado.
Si
N ≥ 0, entonces 16.000.000 es un número natural
La Primera Guerra mundial costó oficialmente
la vida de más de 16.000.000 de personas durante los cuatro años de su
extensión. Una de las razones de este desmesurado costo humano proviene,
primero, del uso de trincheras en el frente. Estas propiciaron que ninguna de las
potencias pudiera movilizarse y neutralizar las fuerzas enemigas, generando una
guerra de desgaste. Además, la vida en estos agujeros estaba acompañada del
constante asedio de parásitos, enfermedades respiratorias e infecciones que sin
la necesaria atención médica conducían inevitablemente a otras fosas comunes.
Una de las enfermedades más populares
se producía por edemas en los pies, causando supuras, inflamaciones, problemas
de articulación y tensión arterial. En el peor de los escenarios conduciría a
gangrena y la amputación del miembro contagiado. Desde entonces se le conoce
como pie de trinchera.
Sin embargo, fue la presencia de la
ametralladora la que definió la suerte de cientos de batallones. Uno de los
modelos más populares fue el Lewis. Un logro de la ingeniería militar: capaz de
disparar una ráfaga de 550 balas por minuto, pesando tan sólo 11 kilogramos y a
un costo de producción 6 veces menor que el modelo más cercano. Poseía 96,5
centímetros de longitud y un calibre 7, 70 milímetros. Cuando los poderes
centrales presenciaron su poder destructivo, temerosamente le llamaron “serpiente cascabel”. Un pelotón
completo podía ser diezmado de una sola ráfaga.
Durante esta guerra también hicieron
su aparición tanques, pero la inteligencia militar de entonces estimó que estas
valiosas máquinas bélicas debían ser protegidas por los soldados quienes debieron
actuar como escudos humanos (por lo cual es todavía posible admirarlos en muchos
museos).
Elementos
no conmutativos
La guerra se extendió por 4 años, 3
meses y 14 días. Los gastos militares oficiales bordean los 80.000.000 de
dólares. El imperio británico invirtió 23.000.000 de dólares, seguido por
Alemania con 19.900.000. Se estima que
40.000.000 de animales murieron al ser utilizados en el campo de batalla,
esencialmente caballos. Los denominados daños colaterales todavía se debaten,
pero hay quienes señalan que se dispararían por sobre los 6.000.000. Alrededor
de 4.000.000 de mujeres enviudaron y 8.000.000 de niños se convirtieron en
huérfanos. La batalla del Somme, una de las más sangrientas que la humanidad
recuerda, causó 60.000 bajas en un solo día entre las líneas del ejército
británico. 306 soldados (principalmente ingleses) se negaron a luchar, siendo ejecutados
bajo el cargo de alta traición y deserción. Sólo en el año 2006 se les concedió
el perdón. Cerca de 6.000 soldados fueron víctimas de armas biológicas,
principalmente de gas mostaza.
Entre las cifras que representan
los caídos por país se encuentran: Austria-Hungría con 922.000 muertos, la
romántica Francia con 1.359.000, Rusia 1.700.000. Italia añade 689.000,
Inglaterra 658.700, Turquía 250.000, Serbia 45.000, Romania 335.700, y otros tantos países que sacrificaron,
oficial y no oficialmente, cientos de vidas en el frente. Estos números no
incluyen a los heridos (amputados, cegados o mutilados), desaparecidos o
aquellos que murieron años después producto de la guerra o vivieron el resto de
sus vidas encerrados en manicomios.
El 9 de noviembre de 1918 el
Káiser Guillermo II abdicó, proclamándose la república alemana. Dos días
después se firmó el armisticio. Entre
las vengativas penalidades que se impusieron sobre el país estaba la reducción
de su ejército a 100.000 hombres y reparaciones económicas estrambóticas.
Alemania terminó de cancelar su deuda el año 2010 (92 años más tarde). El
último pago equivalía a
69.000.000 euros.
Figuras
inversas
El 8 de mayo de 1919, el soldado y
periodista australiano Edward George Honey escribió bajo el pseudónimo Warren
Foster una carta abierta al London
Evening news. En ella solicitaba dedicar, en el decimoprimer día del
decimoprimer mes, un minuto de silencio por aquellos que murieron en la gran
guerra. La tradición daría comienzo a partir del 11 de noviembre de ese mismo
año.
Desde entonces se han celebrado 93
minutos de silencio frente a 48.847.680 minutos, mayor parte de los cuales el
mundo ha estado en guerra (incluyendo golpes de estado en Latinoamérica,
guerras civiles, persecuciones políticas, la guerra fría, la guerra en Irak,
Afganistán y el actual levantamiento en Siria).
Para la revisión del impacto y
memorias de aquella primera gran guerra, el Primer Ministro inglés, David
Cameron, anuncia que se destinarán 50.000.000 de libras. Esto es parte de las
actividades que la Unión Europea prepara para la conmemoración del centenario
de la guerra en 2014. Sin embargo, la vigencia de las cifras hasta aquí
revisadas estremece y palidece ante los elevados presupuestos militares que
prometen un devastador futuro, incluso peor que en el pasado siglo.
El Instituto internacional de
investigaciones sobre la paz en Estocolmo publica la inversión que cada país
realiza cada año en términos militares. Algunas de las cifras más relevantes
pertenecen a Estados Unidos, que en 2010
invirtió la no tímida suma de 711.000.000.000 de dólares, China, en 2011,
143.000.000.000, Rusia 72.000.000.000, Inglaterra 62.700.000.000 y Francia
143.000.000.000.
Cada uno estos dígitos ilustra el
movimiento y transformación de aquello considerado natural por los observadores
internacionales, la valides de los derechos humanos ante el poder avasallador
de las potencias mundiales, las consecuencias de aquello denominado
nacionalismo (además del conjunto atávico que atrae) y, por sobre todo, la desproporción
numérica que en casi 100 años los números naturales han sufrido.
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